-Tienes todos esos minutos para impresionarme- Cuando lo dijo, sonó como un ladrido, me asustó y me puse tan nerviosa que no sabía si leerle algo, tocar algo en el piano, cantar o mejor darle un beso; La cosa no pintaba bien, conforme se me agotaban los minutos también se me agotaba la creatividad, terminé lo más rápido que pude una historia absurda con un montón de silogismos inútiles, me preparaba para leerla cuando me detuvo en medio de una frase apagada, me vio a los ojos y fue cuando lo supe todo, todo de verdad, no era una prueba, ni una entrevista, eran sus ojos una poesía que se repetía dentro de mi, rompí en pedazos lo que ya había escrito y lo intenté de nuevo, papel y tinta se mezclaron de una manera tan maravillosa y a un límite que él percibió por completo mis emociones destellantes e inestables, sonrió, me regaló una mirada más y susurró -Me gustas-, no había duda de lo que ahí había pasado, los once minutos mejor invertidos de mi día.
Sonriente.
Paola Pascazzi.
sábado, 20 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario